A mi tú

Desde entonces, algo (o todo) se ha vuelto irremediablemente mejor.

“Llegaste un frío día de invierno, gritándonos a todos muy fuerte que allí estabas”, dice esa canción que cantamos a gritos en la cocina, esa que me recuerda tanto a ti cuando me la susurran cerca. Viniste a este mundo como ella cuenta: armado de valor y voz en medio de la escarcha de noviembre. Y, desde entonces, algo (o todo) se ha vuelto irremediablemente mejor.

Te me has dormido encima más noches de las que recuerdas, asustado por unas pesadillas que, cuando me contabas en voz alta, hacían que arrugaras la frente mientras te tapabas los ojos. A pesar de eso, siempre has sido el más valiente de los dos, aunque gracias a mis gotas de cobardica, mamá nunca llegó a echarnos la bronca número mil millones. Tu necesidad de verlo todo, de tocar cada pequeño grano de arena, nos hizo a todos más dependientes de recorrer mundo, más adictos a lo diferente.

Hoy, mientras te tengo sentado aquí al lado, he decidido escribirte para que no te olvides de ser Feliz, con f mayúscula.

En la vida te tropezarás con mucha, mucha gente. Alguna valdrá la pena, otra te matará de pena, y sólo con unos pocos, con los importantes, tendrás que decidir en qué otro cajón los guardas. Lo difícil, ya verás, es conseguir crear los compartimentos necesarios para albergar a todo el mundo, a todo nuestro mundo. Lo a veces imposible, es ponerles nombre a las cosas.

Quiero decirte que nunca lo dejes para mañana, para la próxima o para el reencuentro. Independientemente del resultado, tomar decisiones nos hace estar vivos, pero los trenes que nos pasan, esos… esos son un insulto a la felicidad. Quiere de verdad cuando desees hacerlo, y nunca te arrepientas de haber dado aquello que no deseabas guardarte. Arrepiéntete cuando hieras a otro, cuando no seas leal o cuando te mientas, pero jamás te juzgues por compartirte. A eso hemos venido.

Mira mucho este mundo, y no tengas prisa por cambiar de lugar; explota al máximo cada suelo, cada cielo, y todo lo que se quede en medio. Y jamás, jamás temas atarte por miedo a un adiós. Las despedidas nos dan aire, nos completan, nos reequilibran. Nos recuerdan dónde y con quién queremos estar, de qué abrazos no huiríamos nunca. Nos salva que en los demás nos encontremos, nos salva ir dejando partes de nosotros en los ojos de quien nos mira. Sólo así, en el amor ajeno, permanecemos aquí.

Tepara siempre”,

la pesada de tu hermana.

 

PD: Hasta los veintiuno, puedes crecer tranquilo; te dejo marcadas las trampas.

Extrovertida, espontánea, precavida y bastante tranquila. Estudiante de Psicología en Santiago de Compostela. De aficiones muy típicas: la lectura, el deporte, la música de Coldplay y la cocina. Bueno, también me encanta el reciclaje. Como veis, probablemente lo que peor se me da en el mundo es hablar de mí en primera persona.
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