Cogito ergo sum

Cuando sentimos, de nada sirve intentar callarse.

Cuando cierro con llave la puerta que guarda lo que en falso llamo mi casa, me pregunto si he acertado con las decisiones que he tomado durante las horas que he estado ahí fuera.

En días como hoy, en los que a media tarde la llovizna se come la luz, la primera media vuelta del llavero en la cerradura es un eco de dudas indefinidas. Recuerdo aquello de que a veces uno se siente como si su mente hablase en sueco, y no conociese en absoluto el idioma; y soy consciente de que en este instante, ese es mi yo. Mi yo que mira fijamente las vetas de madera robusta que rodean la mirilla, el que pone la mano encima de las mismas para sentir la calidez noble de un material más viejo que la tierra. A veces necesitamos justo eso, un instante a cero.

Media vuelta más, y pongo letras en el nudo que tengo encima de las cejas. ¿Y si? ¿Y si no me hubiese marchado de mi lugar? ¿Y si no me hubiese llevado mis esperanzas de aquel bar? ¿Y si no nos hubiésemos conocido? ¿Y si se hubiese arriesgado conmigo? Las dudas, al tiempo que son necesarias, exponen nuestra alma a la intemperie, ya que nos hacen conscientes de que, por mucho que anhelemos respuestas, el momento que podía dárnoslas, ha pasado. Así que nos quedamos con media llave girada, mirando al suelo en medio del desaliento que conlleva haber decidido.

Entonces cogemos aire, y nos decimos que ya basta, que vamos a pasar la vuelta que nos queda, de golpe, sin pensarlo más. Creemos que armarse de valor es suficiente, pero no nos damos cuenta de que, cuando sentimos, de nada sirve intentar callarse; es más, eso solo intensifica el grito que nos vamos a dar a continuación. Así que, con el chasquido de la siguiente media vuelta, te caes. Tú, por entero, a la merced de la gravedad. Mientras tu espalda se desliza por la puerta, te deshielas; ves que por mucho que corras, llegarás al punto de querer asimilar lo ocurrido. Ahí tienes todo tu valor, debajo de tus fantasmas.

Una vez que estás abajo, que has comprendido lo que puedes por ahora, puedes comenzar a subir. Y vas arañando la pared, pero la de tu interior, que es de donde cuesta volver por lo escarpado de sus precipicios. Tú con tus últimos duelos pasados y sentidos, agarras bien fuerte la llave y terminas de cerrar la puerta que te separa de los demás.

Permítete preguntarte si habrás salido del laberinto por el camino adecuado, no te censures cuando necesites volver atrás, llora lo que ha cambiado. Ten en cuenta que existe el camino de nunca jamás, y que en él puedes ir dejando tus fotos descoloridas.

No lleves tus dudas a cuestas, porque quizás, si las miras, te respondan. Y, probablemente, a través de esas respuestas veas más lecciones que fracasos.

Extrovertida, espontánea, precavida y bastante tranquila. Estudiante de Psicología en Santiago de Compostela. De aficiones muy típicas: la lectura, el deporte, la música de Coldplay y la cocina. Bueno, también me encanta el reciclaje. Como veis, probablemente lo que peor se me da en el mundo es hablar de mí en primera persona.
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