Domingos

No es que te necesite en mi vida, pero es que te quiero en ella.

Son las 20:02 de la tarde de un domingo. La lluvia no cesa ni un pequeño segundo, cada gota rebota en los cristales de mi habitación y me pregunto sobre el vacío existencial, sobre la muerte, sobre la vida, sobre el ruido que hay ahí fuera, sobre si yo te robo la mitad o un tercio de los pensamientos que tú revoloteas sobre mi cabeza, sobre las cartas que he dejado en blanco con ilusiones o sueños que mejor guardo en mi interior, sobre si la vida es justa o a veces un mero chiste que se ríe en mi cara, me pregunto tanto y a la vez tan poco.

Hay domingos de pereza, de películas, de abrazos, de sexo, de todo eso junto.

Domingos de sentirse desdichada, domingos de lágrimas, de arrepentimientos, de pensamientos negativos, de idas de olla, de come cocos, de escribir fuerte y en mayúsculas porque no me atrevo a gritar.

Domingos de felicidad, de sonrisas, de gestos inesperados, de abrazos fuertes que te recomponen entera, de evadirse del mundo.

Domingos de ti y de mí, nuestros domingos. Lejos o cerca, pero nuestros.

Miro al techo, respiro profundamente, cierro los ojos y te siento a mi alrededor. En el olor de mi cama, de mi propio cuerpo y sonrío. No me importan los demás perfumes, tu fragancia baña todo mi ser y eso calma mi terremoto interior.

¿Acaso no hay domingos donde saldrías corriendo sólo por verme cinco minutitos más? Haría eso y mil cosas más, pero no sólo por ti. Por nosotros. En mi cabeza siempre hay un nosotros. Ni tú, ni yo, nosotros.

Domingos, y no sólo domingos de quererte, así como lo hago. De haberme enamorado de ti sin haberlo querido, de sentir de más sin habérmelo propuesto de ninguna manera, de sonreírte como nunca hice a nadie porque tú te lo mereces, te mereces lo mejor de mí a pesar de que a veces te vuelva más loco de lo normal.

Domingos de bailar contigo en nuestra cama, ya sea besándonos, acariciándonos o tomándonos enteros, a sorbitos, a borbotones, pero del tirón. Que así es como nos gusta, sin puntos de sutura, sin puntos en medio. 

Hay domingos de todo o nada, donde no me importa estar en la nada haciendo de todo contigo.

Domingos de reírse de uno mismo y cantar a pleno pulmón en la ducha, de escribir por la tarde cuando empieza a caer la noche.

Domingos donde eres mi muso, donde cada palabra o entre líneas tiene un significado que me recuerda a ti, desde las grandes cosas que haces hasta las cositas más simples y pequeñas que llenan mi vida de color.

Mis domingos eran a blanco y negro, como una película de cine mudo donde callaba más que hablaba, donde lloraba más que reía y donde más moría que vivía.

Mis domingos empiezan a tener sentido, porque tú se lo das, no del todo pero llenando el vacío que sentía. No es que te necesite en mi vida, pero es que te quiero en ella. No es que mi vida no siga sin ti, es que si tú la impulsas a seguir no voy a ser yo la que le ponga frenos. No es que no pueda vivir sin ti, pero me niego a no vivir contigo, no es que me sienta vacía si tú te vas, pero el espacio que dejas cuando nos despedimos sólo se llena cuando te vuelvo a ver. No es que no sepa sonreír sino es por tus tonterías, pero esas pequeñas gilipolleces hacen que todo brille más y mejor, no es que a veces no llore por ti, sino porque es demasiado lo que siento y hasta las lágrimas se dejan caer.

No es que no te adore ni te quiera, es que lo quiero todo contigo y eso implica el quererte así de fuerte.

Mis domingos, tus domingos, son nuestros domingos.

[Colaboración: África Fernández]

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