En los 36

La excusa, despedirme. El verdadero motivo, pedirle que se quedara.

Lo conozco, creo que mejor nadie, desde aquella noche de borrachera en la que firmamos una servilleta en forma de pacto para casarnos si los dos llegábamos solteros a los 36. Me conoce, más que yo misma a veces, desde otra noche parecida en la que le conté cuántas veces me había enamorado en la vida, y de quién.

Cuando supe que se marchaba llené su maleta de jerseys de abrigo y bufandas para que no se constipara, de planes con los que aprovechar los días de su nueva aventura y de abrazos de amiga, os prometo que sin segundas ni terceras intenciones. Le regalé una agenda con dedicatoria deseando que se enamorara, como desean las buenas amigas, con la cuenta atrás para las vacaciones de Navidad. Pidiendo en silencio que los días pasaran muy rápido, ni yo misma sabía bien por qué. En realidad pasé a odiar Londres con lo mucho que me encantaba esa ciudad, como quien odia de repente una comida que un día le sienta mal. 

Volvió en el primer puente, y todo fue como si nunca se hubiera marchado. Tanto que, ingenua de mí, llegue a pensar que se quedaría a dar un paso más en nuestra historia. Y me planté en el aeropuerto, igual que cuando uno se planta en una gran ciudad sin tener idea de nada, con el miedo a perderse por las calles y las ganas de querer verlo todo al mismo tiempo. La excusa, despedirme. El verdadero motivo, pedirle que se quedara.

Y no, no se quedó. Porque Londres pesaba más que todo en aquel momento, o eso fue lo que dijo. La culpa se la eché yo al haber visto demasiadas películas románticas en mis noches extrañándolo. Mi regalo de Navidad fue un mensaje suyo diciendo que me echaba de menos un poquito, más de lo que se podía considerar normal entre nosotros, pero explicándome también que ya no volvería hasta verano porque no podía coger vacaciones. Por aquel entonces yo ya había aprendido a no descolocarme, y a que doliera menos.

Volvió en julio para, supuestamente, quedarse un mes, con demasiadas maletas, y tardó dos noches en decirme que su aventura londinense había terminado ya. Que uno de los motivos era yo y esa conversación que en aquel momento no pudo terminar como a mí me hubiera gustado.

Tarde, pensé. Demasiado. ¿Dónde se había metido la maldita magia ahora? Ésa gracias a la que dicen que nacen mariposas que hacen cosquillas. 

Amanecí a su lado, regalándole besos no del todo sinceros. Me marché de puntillas a media tarde, sin hacer ruido para evitar que se despertara y yo no saber qué decirle. Dejé una nota en la mesilla con una despedida tan cobarde que nunca podré sentirme orgullosa de haberlo hecho de aquella manera: 

Ahora soy yo la que se marcha en busca de mi aventura. Y no, tampoco quiero que te vengas conmigo. Pero ¿sabes qué? Puede que nuestra magia esté en los 36”.

De Pontevedra y con una pasión más que definida: escribir. Trabajo en internet y me apasiona este medio. Editora en Weblogs SL. Mis niños mimados son @Poprosa, @ZonaCocaCola y CocaColaMusicExperience
Utilizamos cookies para personalizar su experiencia. Si sigue navegando estará aceptando su uso. Más información.