Hipotecas y compromisos

Esto va de expectativas: impuestas y esperadas, permitidas y sufridas.

Nos piden constantemente que nos comprometamos, que nos esclavicemos de manera voluntaria, que firmemos garantías que no sabremos si podremos cumplir. Apúntate un año al gimnasio, paga tu teléfono móvil a plazos, contrata el ADSL a 12 meses y promete que vas a quererme toda la vida. A menudo me pregunto si el estrés por el compromiso es algo que sólo me sucede a mí o si el resto de seres humanos también comparte esa frustración al implicarse en asuntos que nadie sabe si se llegarán a cumplir.

No hablo de no asumir riesgos. Esto no va de eso.

Va de hipotecas, de palabras, de obligaciones y de exigencias. De expectativas: impuestas y esperadas, permitidas y sufridas. Que nos hemos acostumbrado a ofrecer garantías como si las emociones se pudieran asegurar y sólo vemos el lado bonito de la luna. No nos fijamos que con la edad las parejas que se llevan bien es porque hace tiempo que duermen por separado, las que se llevan regular descansar en habitaciones distintas y otras –las más inteligentes, optan por  continuar con su vida cada uno por su lado. Compartir tantos años con una única persona igual no es tan buena idea.

Pero seguiremos jugando a que existe un tú y existe un nosotros por y para siempre, a reservar habitaciones dobles de hotel para dentro de un montón de meses, a poner los nombres en el buzón y pagar los juegos de sábanas a medias. Seguiremos firmando contratos de amor y también rompiendo las reglas del juego, pensando que otra vez será y que será, además, la definitiva.

Soy periodista y trabajo como editora de contenidos para web. Me gustaría ser constante, un poco más alta y menos sensible, pero sobre todo me gustaría ser escritora.
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