Ícaro

Muy dentro de mí sabía cual sería el final.

Ícaro alzó vuelo. Se dejó llevar por el viento, voló con las aves, con las nubes, ascendió, ascendió y ascendió. Sintió los rayos del sol, sintió el sol, todo era bello, todo fue bello.

Volé cerca del amor, un amor diferente, un amor demasiado libre, y pretendí salir intacto de él. Con olor a rosas y sin clavarme una sola espina. Muy dentro de mí sabía cual sería el final. Pero ¡diablos, quería volar! Quería tocar el sol. Quería amar sin domar, y por consecuente, este amor se escapó por la ventana a la primera oportunidad y me dejó solo. Y con la habitación hecha un lío.

Ícaro voló cerca del sol y sus alas ardieron, fue el precio de su osadía. Ícaro caía...

Como Ícaro me emocioné más de la cuenta con el vuelo, olvidé por completo que mis alas no eran reales. Tenía esperanzas de besar el sol. Las esperanzas tienen un sabor entre el sueño y la realidad, las mías tenían más de sueño que de realidad.

Ícaro caía en picado, sus alas se reducían a nada a cada instante, se desprendían plumas envueltas en llamas y humo, eran el rastro de su caída.

A sabiendas de mi posible final, ascendí, con algo de optimismo de que el resultado fuera otro, pero el destino que profirieron los dioses ya estaba escrito, y tenía que respetarse. Yo caía, cada palabra, cada momento se iba convirtiendo en recuerdos que pasaban por mi corazón clavando una puñalada directa.

Ícaro ha dejado de caer y comienza a hundirse en el mar, todo ya había acabado. Se hundía, veía aquel círculo dorado que amó...

Toqué el fondo, no hay cielo, no hay tierra, solo agua, pienso: ¿Si tuviera la oportunidad, lo volvería a hacer? Me respondo de inmediato: quizás.

Amante de la literatura, la música, el cine y la fotografía. Escritor de microrrelatos y poemas, seudónimo Allan Wilde. Noctambulo por naturaleza.
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