Insomne

Cuando anochece de verdad, nos desnudamos de dentro hacia fuera.

De madrugada todo es más real, menos abrasivo al ojo y al oído. Uno se queda a solas en la intimidad de sus desvelos, que sólo pueden entreverse gracias a las pequeñas luces que cuelgan encima del cabecero. Cuando anochece de verdad, nos desnudamos de dentro hacia fuera, y permanecemos expuestos a quien nos quiera mirar, a quien decida respirar el mismo aire que entra por nuestras ventas. En realidad, de madrugada nos reconciliamos con nuestras penas y amamos nuestras pequeñas alegrías, porque, cuando no nos da la luz, somos más reales.

Durante esas horas poco importan nuestros logros, fracasos, hazañas y pérdidas. Mientras nos deslizamos por los brazos de Morfeo, ese eco que tenemos por alma refleja rostros, miradas, sonrisas y palabras que los demás nos cuelgan encima cuando el sol alumbra. Y nadie sabe cuál es nuestra cara, porque una enorme oscuridad nos protege y acuna.

Cada noche sale una gran luna ahí fuera y baña de plata los tejados de todas y cada una de las ciudades. Y, ¿no es bonito pensar así? Que hay algo que compartimos, sin peros, sin “unos más que otros”; que la claridad que me limpia a mí es la misma que te seca a ti; que también a los pescadores les devuelve a casa ese faro.

A veces se necesita ser un poco insomne para mirar este gran queso destellante. Hay quien dice que hemos olvidado al resto, que nos cortan para vivir en soledad, para dejar entre renglones que viajamos todos juntos, todos a una. Por eso, si al mirar este cielo lleno de lunares fuésemos capaces de creer, sólo durante un segundo, que no hay distancia que separe, quizás estaríamos más completos. Y en ese breve instante quizás ya no dolerían tanto los que faltan, los que jamás llegaron o los que se perdieron, o quizás sí. Fuera como fuese, siempre nos quedarían las noches para sentirnos todos, para decir adiós y pedir perdón, sabiéndonos amparados por un colchón de vidas, de sueños, de vidas con sueño, que también sueñan. Al menos así, mientras siga anocheciendo, seguiría habiendo oportunidad para la humanidad.

Extrovertida, espontánea, precavida y bastante tranquila. Estudiante de Psicología en Santiago de Compostela. De aficiones muy típicas: la lectura, el deporte, la música de Coldplay y la cocina. Bueno, también me encanta el reciclaje. Como veis, probablemente lo que peor se me da en el mundo es hablar de mí en primera persona.
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