Intimida(dos)

Hemos conseguido tenerlo todo a nuestro alcance, a un ritmo vertiginoso, pero no somos capaces de digerir o asimilar tanto estímulo.

Suertudos. Eso es lo que somos.

Lo tenemos todo y gozamos de un abanico muy amplio de facilidades. Nos ha tocado vivir en los años de la información, la velocidad, de la inmediatez. A duras penas tenemos esperas, no conocemos la paciencia porque nunca la hemos tenido que abrazar.

La sabiduría está a una cita de distancia, el arte a un pantallazo y la literatura puede sobrevivir con ciento cuarenta caracteres. Hemos conseguido tenerlo todo a nuestro alcance, a un ritmo vertiginoso, pero no somos capaces de digerir o asimilar tanto estímulo. Por ello delegamos en autoridades, ídolos o referentes (dudosamente) intelectuales el ejercicio de filtrar y ordenar por relevancia todo aquello que nos llega. Dejamos descansar nuestro espíritu crítico para tenerlo listo en otros menesteres, en aquello realmente importante, como el peinado del vecino, el nuevo coche de la vecina o que el hijo de la vecina de la amiga de una compañera del trabajo de tu cuñado, se ha casado con un hombre.

Estamos sobrecogidos ante tanto y ante todo. Por ello necesitamos la opinión, la aceptación de los demás, para guiarnos en  nuestro aburridamente ajetreado día a día. ¿Qué seríamos sin el reconocimiento de un puñado de desconocidos? Tenemos que decirles lo bueno que estaba ese vino, lo frío que estaba aquel helado, lo bien que lo pasamos o lo enamorados que estamos. Todo el mundo tiene que ser cómplice de todo y en todo momento, porque les pertenece.

Ellos forman parte de la toma de decisiones. Deben saberlo todo de ti. Solo ellos saben lo que te gusta, lo que te apetece, cómo te sientes. Hay que ceder a sus peticiones, por mucho que luego puedan sentir envidia. ¿Qué otra forma hay de poder seguir avanzando, de ser mejores, si no es a través de las comparativas, la competencia de inseguridades y la frustración de los demás?

Nadie mejor que un extraño para definirnos.

Ya es tarde. Ya hemos caído. Nos gusta sentirnos parte de un todo por muy abstracto que este sea. Rechazamos la soledad. No queremos apartarnos, ni que nos aparten, de lo que sea que está ocurriendo aunque no nos afecte. ¿Qué es de lo que tenemos tanto miedo? Casi con toda seguridad de nosotros mismos, concretamente, de desmontar todo aquello que han construido a nuestro alrededor encerrando, entre paredes acolchadas rellenas de convencimientos, nuestra personalidad. Quizá confundimos esa comodidad con la cotidianidad, mezclada con algo de resignación. ¿Por qué plantearnos más preguntas, si ya tenemos las respuestas suficientes para excusarnos? Cada día nos empujan a vivir fuera de nosotros —lo más sencillo— y nos prestan los beneficios que sacaremos de ello.

La ausencia de angustia, dudas o preocupaciones. La felicidad, en definitiva. La felicidad compartida, claro. Dejar de tomar decisiones, que todo dependa de los demás, que sólo seamos uno/a de entre tantos buscando destacar en lo que todo el mundo destaca, aunque sabemos que, en el fondo, nos importa poco conseguirlo o no. Tan solo queremos distraernos, que pasen los días y sigamos en un estado continuo de tranquilidad fría y falsedades cruzadas. No nos miremos, no nos hablemos  no nos escuchemos. Puede ser peligroso, puede que nos conozcamos, y no podemos correr ese riesgo. Sigamos mirando hacia fuera, sigamos huyendo del peligro, sigamos buscando compañía, física o ficticia. No nos quedemos a solas. Podríamos decepcionarnos .

La intimidad desaparece con nosotros, se difumina y se escapa con cobarde consentimiento. Se ha convertido en un eufemismo de la soledad en su máxima y despectiva expresión. Ahora sólo es una palabra que puede pronunciarse con voz ronca, en un suspiro y en boca de otros.

Texto: Jordi Montell

Utilizamos cookies para personalizar su experiencia. Si sigue navegando estará aceptando su uso. Más información.