Joder, lo que hago es muy serio

Me hace “gracia” cuando escucho que escribir no es un trabajo serio, o en su defecto, que no es un trabajo de verdad.

Serio y de verdad, de verdad y serio. Repito las palabras serio y de verdad, de verdad y serio. Repito las palabras una y otra vez; las mareo como si mi cabeza fuera una noria, las mastico sin hambre, las pienso hasta pulirlas. Y el resultado va a ser este artículo porque, joder, lo que yo hago es muy serio y tan de verdad que asusta.

Porque hay que tenerlos muy grandes para plantarse delante de un folio en blanco y garabatearlo con letras que salen de tu alma, con miedos que bullen en la punta de tus dedos, enredados en las noches y en pasados que regresan cada vez que se teclea en el ordenador. Escribir es muy serio, señores, así lo digo. Hay que tener valor, valor y ganas para exponerte a un público que puede ser benévolo o cruel. Para desnudarte sin miramientos mientras todos te miran, para que te vean tal y como eres sin medias tintas ni dobleces, para que vean y analicen tus demonios y tus sueños y tus sombras y carencias.

Quizás crean que es un hobby pasajero, algo bohemio, de segunda regional, o una soberana gilipollez. Pues no, están equivocados. Escribir es muy serio, señores, es un trabajo tan serio que no todo el mundo puede hacerlo, que no todos se atreverían a hacer. Provocamos, enfadamos, enamoramos, emocionamos a través de nuestras historias, las que dejan de ser nuestras cuando ponemos el punto final y vuelan desde una añoranza y nerviosismo que te encoge el estómago y te expande las dudas. ¿Puede haber algo más de verdad? Y sí, corremos riesgos, corremos en la cuerda floja continuamente; puede que nos lapiden con comentarios hirientes o puede que nos aplaudan hasta romperse las manos, y en el fondo es lo que menos importa, porque escribir es una pasión que desarrollamos sin apego al resultado, a lo que viene después del después, al qué dirán.

Quizás solo me entiendan las personas que, en su generosidad suprema y miedo atroz, escriben, las que escriben por el placer de escribir, de sentir, de vivir y morir miles de veces. Hay que tenerlos muy grandes para querer vivir y morir miles de veces una misma noche. Quizás me entiendan los que lloran cuando se descubren, los que se enfadan cuando no encuentran “la frase”, esa frase que a veces no llega, pero que cuando llega te inunda de éxtasis y te eriza el vello.

Tengo un trabajo serio y de verdad. Soy una privilegiada al sentir todo lo que siento cuando escribo, al tener una pasión que me tira de la cama cada mañana, esa es mi suerte. Sí, elijo el placer de sentir y hacer sentir, pase lo que pase, cueste lo que cueste, aunque me deje la vida en ello. Joder, ¿puede haber algo más de verdad?una y otra vez; las mareo como si mi cabeza fuera una noria, las mastico sin hambre, las pienso hasta pulirlas. Y el resultado va a ser este artículo, porque joder, lo que yo hago es muy serio y tan de verdad que asusta. Porque hay que tenerlos muy grandes para plantarse delante de un folio en blanco y garabatearlo con letras que salen de tu alma, con miedos que bullen en la punta de tus dedos, enredados en las noches y en pasados que regresan cada vez que se teclea en el ordenador.

Escribir es muy serio, señores, así lo digo. Hay que tener valor, valor y ganas para exponerte a un público que puede ser benévolo o cruel. Para desnudarte sin miramientos mientras todos te miran, para que te vean tal y como eres sin medias tintas ni dobleces, para que vean y analicen tus demonios y tus sueños y tus sombras y carencias. Quizás crean que es un hobby pasajero, algo bohemio, de segunda regional, o una soberana gilipollez. Pues no, están equivocados. Escribir es muy serio, señores, es un trabajo tan serio que no todo el mundo puede hacerlo, que no todos se atreverían a hacer. Provocamos, enfadamos, enamoramos, emocionamos a través de nuestras historias, las que dejan de ser nuestras cuando ponemos el punto final y vuelan desde una añoranza y nerviosismo que te encoje el estómago y te expande las dudas. ¿Puede haber algo más de verdad? Y sí, corremos riesgos, corremos en la cuerda floja continuamente; puede que nos lapiden con comentarios hirientes o puede que nos aplaudan hasta romperse las manos, y en el fondo es lo que menos importa, porque escribir es una pasión que desarrollamos sin apego al resultado, a lo que viene después del después, al qué dirán.

Quizás solo me entiendan las personas que, en su generosidad suprema y miedo atroz, escriben, las que escriben por el placer de escribir, de sentir, de vivir y morir miles de veces. Hay que tenerlos muy grandes para querer vivir y morir miles de veces una misma noche. Quizás me entiendan los que lloran cuando se descubren, los que se enfadan cuando no encuentran “la frase”, esa frase que a veces no llega, pero que cuando llega te inunda de éxtasis y te eriza el vello.

Tengo un trabajo serio y de verdad. Soy una privilegiada al sentir todo lo que siento cuando escribo, al tener una pasión que me tira de la cama cada mañana, esa es mi suerte. Sí, elijo el placer de sentir y hacer sentir, pase lo que pase, cueste lo que cueste, aunque me deje la vida en ello. Joder, ¿puede haber algo más de verdad?

Caótica, impulsiva, periodista... Juro que en otra vida seré notaria. Mis días entre letras y folios en blanco. Leo, escucho, observo, mareo un bolígrafo entre mis dedos; y justo después de hacer todo eso, me siento y escribo. Mi primera novela 'El Séptimo punto de Selleck'.
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