Me voy, para lo bueno, para lo malo

Nada de esto lo había planeado, jamás me habría imaginado diciéndote estas palabras.

Nada de esto lo había planeado, jamás me habría imaginado diciéndote estas palabras, jamás me habría imaginado dejándote de querer. Pero se acabó, todo tiene un límite, un final, una despedida o un punto y aparte.

No hay nadie a quien haya querido más, no hay nadie que me haya herido más; no lo hay, te he amado y te he odiado hasta dolerme, hasta el punto de sentir que arrancaba una parte de mí al echarte de mi vida.

Lo perdono todo, rectifico, te lo perdono todo; hasta lo imperdonable, hasta aquello que yo misma estaba segura que no perdonaría jamás.
Pero me has cambiado, a mí, a mi forma de pensar y de sentir, a mis principios, a mi tolerancia y a mi capacidad de sufrimiento.

Dicen que sólo cambias por las personas que amas; tú y yo cambiamos juntos pero también nos destruimos juntos. Y ahora que en estas cenizas ya no encuentro sino rencores y arrepentimientos, ahora que los cambios son irreversibles, ahora que me he dado cuenta que no me gusta en lo que me has convertido; es hora de separarse, de descubrir quiénes somos sin el otro, de descubrir quiénes éramos y hacia dónde queremos ir, de a quién queremos amar, pero sobre todo cómo queremos amar.

Necesito un amor sano, puro y verdadero de los que te hacen crecer y sentirte mejor, de los que te hacen feliz a secas.
Tu amor me ha matado, nos hemos muerto y con cada uno de tus actos has ido apagando las brasas que yo me esforzaba por mantener encendidas, las mismas que me han ido quemando hasta consumirme.

Me han consumido a mí y a mis ganas de seguir luchando; han apagado la ilusión y la esperanza restantes; han hecho que se congelara todo y que se paralizara mi corazón que ya no late por ti.

Adiós, me voy, para lo bueno, para lo malo, para siempre.

[Colaboración: Raquel Martín]

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