Mi corazón en tu maleta

He vuelto a pensar en ti y sé que no debería.
He vuelto a pensar en ti y sé que no debería. No debería porque tu recuerdo me intoxica, me envenena, me ahoga en las profundidades más oscuras del océano. Cada vez que pienso en ti, acabo con los ojos llenos de lágrimas, y tumbada en la cama con un montón de pañuelos usados en el suelo.

Hoy hace un año que desapareciste por la puerta de mi casa. Te fuiste un 15 de diciembre, dejándome rota y con un dolor agudo en el pecho. Un dolor que no se quita. Ana piensa que fuiste un capullo, por abandonarme así de la noche a la mañana, sin una nota, sin una explicación. Me he inventado un montón de teorías intentando dar respuesta a este enigma que me tortura, y todas las he tirado a la basura.

Ese día llegue a casa después de trabajar y encontré el armario vacío. Fui al baño, no estaban tus cuchillas de afeitar, no estaba tu champú, ni tu perfume de Jean Paul Gaultier. Te habías llevado todo. Incluso tu taza del café, esa que ponía “Have a Nice Day” y que a mi me encantaba.

Te llevaste todo aquello que pudiera recordarme que un día fuiste mío y que yo fui tuya. En esos momentos sentí que me asfixiaba, que me moría. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Y cuando deje de llorar, busqué desesperada una carta que me explicara qué había pasado. Nada.

Ahora mis ojos están secos, cansados ya de llorar. Y quiero sacarte de mi mente, dejar de pensarte, pero no puedo. Lo único que hago es exprimir nuestros recuerdos y alimentarme de ti, y de tus sonrisas, de tus abrazos imprevistos, de tus besos, de tu risa. Esa risa que por las noches me despierta y que me devuelve a una realidad en la que ya no estás. Y me doy cuenta de que yo no te importe los suficiente como para siquiera despedirte de mi. ¡Ojalá ese 15 de diciembre te hubieras llevado también mis recuerdos!

Qué puedo hacer si Madrid entera me recuerda a ti, sus calles, sus parques, sus cafeterías. Por todas partes estás tú sonriéndome con esa boca tan grande y esos labios tan gruesos. Y la mancha de café, el helado que acabó en el suelo, tus caricias en mi piel, tus besos en la frente. Por todas partes estás recitando la poesía que te escribí en San Valentín, por todas partes estás diciéndome “te amo”… y mis ojos llenos de lágrimas de felicidad. Por todas partes estamos nosotros abrazándonos o tumbados en la hierba deshojando margaritas.

No entiendo qué falló, qué hicimos mal, en qué nos equivocamos, o quizás debería decir, en qué falle, qué hice mal, en qué me equivoque. Te echo de menos Jaime. No sabes cuánto. Sí, a pesar de que fuiste un capullo por fingir que me amabas, por darme alas y luego cortarlas como si fueran hojas de papel.

Un 15 de diciembre saliste por la puerta, y lo único que me quedó de ti fueron los recuerdos como puñaladas en el corazón. Me aferro a la idea de que volveré a encontrarte… pero con otro rostro, con otro cuerpo y con otro nombre.

Redactora en The Idealist, me gustan los cafés bien cargados, devorar los libros y aspirar el olor de sus páginas, las margaritas, los helados de chocolate y el olor a vainilla. Soy amante del Social Media, de la escritura y del buen humor.
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