Miradas

Hay miradas que lloran, miradas que ríen, que mienten y que confían.

Dicen que los ojos son el espejo del alma. Aunque, en verdad, yo diría que el espejo del alma es la mirada. No sólo los ojos. Todo el conjunto: ojos, gesto, y ese componente inefable que hay detrás de una pupila y de un iris.

Hay miradas de todo tipo. Miradas que te queman por dentro, como la mirada intensa de dos enamorados que hace tiempo que no se ven, y que se comen, mascándose en cada pestañeo. Miradas que te dejan frío, como la mirada de una persona sin hogar arrastrando unos cartones, buscando la sucursal que le servirá de cama. Miradas que te llenan de color, como la mirada de un bebé que se ríe, porque todavía recuerda la finalidad de la vida: ser feliz, ahora, sin peros.

Hay miradas que más que perdidas, están escondidas. No quieren salir de su interior, y esas, tristemente, no son el espejo del alma, porque no quieren reflejarla. Les da miedo mostrarse. Miradas verdes como la esperanza, que cruzan países y mares para encontrar un futuro mejor, y que lo que menos pueden hacer es dejarte indiferente. Miradas que clavan su bandera en ti, para siempre.

Hay miradas que lloran, miradas que ríen, que mienten y que confían.

Y, por encima de todo, hay un tipo de miradas que son magia. Una clase de miradas increíbles, y no tan extrañas como podría parecer a simple vista.

Y, dentro de esta clase de miradas, quiero destacar las que últimamente más me hacen soñar: las miradas del metro. Las más sinceras del mundo. Ese momento en el que te quedas mirando a alguien que se queda en el andén mientras se marcha tu vagón, o viceversa. En esos momentos no existe ningún miedo a parecer indiscreto. No hay momento incómodo. Las dos miradas saben que ese es, probablemente, el último momento que se van a ver, mientras notan como el tiempo se acaba conforme el metro es engullido por la oscuridad del túnel. Y así, sin miedo ni temor, las dos miradas se hablan sin reparos, sin máscaras. Y sólo a veces podemos llegar a intuir lo que han hablado, en secreto, nuestras almas.

Dicen que los ojos son el espejo del alma. Aunque, en verdad, yo diría que el espejo del alma es la mirada. Y tu espejo, ¿qué refleja?

Graduado en Derecho, estudiante de máster, ciudadrealeño de nacimiento y madrileño de adopción/elección. Aprendiz de ilusionista y de escritor. Amigo en potencia (para desconocidos) y en acto (para ya íntimos). Ni el fuego ni internet; el mejor invento ha sido la escritura.
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