Que de nosotros dependa

Dicen por ahí que el tiempo vuela pero nadie sabe hacia dónde.

Dicen por ahí que el tiempo vuela, pero nadie sabe hacia dónde. Quizás se pierde haciendo remolinos de granos de arena en las orillas de alguna playa que nadie pisa, que nadie recuerda. A lo mejor lo guardan en un bote, porque con su propio paso cambia de colores y luce como la sal pintada con tiza. Puede ser que simplemente se nos escurra por el cuerpo y, cuando pienso en lo poco que lo siento resbalando por mi piel, me doy cuenta de que este será nuestro último otoño juntos.

Será esta la última estación de colores en la que vea vuestras melenas, tan diferentes, meciéndose con el viento aguado que tenemos en estas calles. Me entristece pensar que podéis ser las únicas personas del mundo que saben contar lo más sencillo de la forma más increíble, sacando la risa de quien os escucha directamente del alma para subirla a los ojos. Las amigas son la familia que se elige y nadie podría haber seleccionado mejor que yo, ojalá pudiese teneros siempre en mi vida, ojalá fueseis tan inmortales como percibimos ahora nuestra juventud.

Serán estas las últimas tazas de chocolate que piense en tomarme en el bar de la esquina, el que refleja la alegría y no las personas en su cristal. Y quizás tampoco vuelva a las tiendas de siempre, a las pequeñitas que llevan en la misma calle tantos años como tiene ahora mi madre, o no pase de nuevo por delante del teatro cuando se ha acabado la obra y todos lloran de felicidad. He cosido mi traje de salir al mundo con los hilos que había entre estos adoquines y me da miedo que no quedase lo suficientemente bonito o, peor aún, que se caiga a pedazos cuando salte un poco dentro de él.  

Serán estas noches las últimas en las que me pierda entre vasos y barras y vasos y vasos y sueños. Y personas ajenas que sueltan un poco de pasión cuando bailan, que cantan con la voz rasgada en los lugares más extraños, pero con el eco más sonoro del universo. Este otoño me cobijará por última vez cuando regrese a casa contando estrellas o las migas de pan que había dejado unas horas atrás. Y esta también soy yo, cuando choco con mis zapatos de tacón contra el asfalto, cuando mi pulso suena en los soportales de la zona más vieja.

Serán estas horas las últimas en las que sea lícito probar a querer, a sentirse más fuertes, más héroes de alguien, y menos villanos de uno. Porque luego, luego cuando lo que se ha comido todo lo pasado venga también a por nuestro presente, no habrá nada por lo que tirarse al vacío, ni nadie. Nos vamos a ir, llenaremos nuestras maletas y olvidaremos, con suerte, a los que podrían haber sido un “para ahora”, que ya nadie promete “para siempres”. Y yo soy también el amor que recibo, y tengo que darle la vuelta a la página dejándolo todo en el aire.

Dicen por ahí que el tiempo vuela, pero nadie sabe hacia dónde. Por eso, cuando pensamos que mañana será mejor que hoy, que ella seguirá esperando por la sonrisa de media mañana, que él volverá cada día con un beso más tierno que el anterior, no hacemos otra cosa sino amarrar nuestro destino a un poste desconocido. Ojalá dejásemos de coser nuestras esperanzas y deseos a algo que nadie ha visto nunca, que nadie ha tocado ni olido jamás, y se las contásemos y jurásemos a aquellos a los que queremos. Ojalá y hoy comprendamos que este es, pero podría no ser nuestro último otoño juntos. Y que de nosotros depende. 

Extrovertida, espontánea, precavida y bastante tranquila. Estudiante de Psicología en Santiago de Compostela. De aficiones muy típicas: la lectura, el deporte, la música de Coldplay y la cocina. Bueno, también me encanta el reciclaje. Como veis, probablemente lo que peor se me da en el mundo es hablar de mí en primera persona.
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