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Pienso en ti, y quiero que lo sepas.

Pienso en ti, y quiero que lo sepas. He conocido a muchos niños en mi vida, todos diferentes en un millón de cosas, pero iguales en una: la felicidad que destellan. Se mueven por el mundo soltando polvo de colores, apoyando lo justo los pies en el suelo, rozando con la punta de los dedos todo lo que les cae al alcance. Diría que son felices, como yo, por suerte, también lo he sido. Será por eso que no puedo dejar de acordarme de ti.

No te veo en ninguna parte y te siento en todas. Cuando tengo frío, mientras observo los escaparates del centro, al sentarme a tomar una taza de chocolate caliente o cuando rompo un papel brillante. En instantes así, creo que la vida es un vientre de injusticias, donde no hay dios, pero sí pena; una fangosa, que nace del seno de la tierra. Pienso en por qué yo habré venido a caer dentro de un hogar como el que tengo: caliente en invierno, fresco en verano, comprensivo todo el año. Pero, sobre todo, me pregunto qué has hecho tú tan mal para no tener derecho a lo que me han concedido a mí.

Yo también me equivoco, de hecho, cometo más fallos que aciertos. Y pienso cosas terribles cuando me enfado, y, si puedo, me como el último bombón de la caja. Soy un ser que hace daño si se lo propone. Pero tengo una vida en la que se pone música para cocinar, en la que vienen los que viven lejos a ver cuánto hemos crecido, en la que nos reímos cuando recordamos cómo nos costó aprender a decir “ratón”. Inevitablemente me pregunto qué tienes tú, supongo que un cielo abierto, poco que te tape, el día a día, y miedo; mucho, muchísimo.

Ojalá pudiese hacerte feliz sólo con palabras, ya que es lo único de lo que dispongo a mi manera. Ojalá pudiese decirte que los cuentos que sabes te van a abrir una puerta, para que puedas entrar en el que más te guste. Me gustaría que creyeses que nadie en el mundo nace predestinado, que tal y como hay quien lo tiene todo y lo pierde, están los que, de la nada, construyen y se construyen. Sobre todo, ojalá pudiese pedirle a algún mago de oriente, o de occidente, que la realidad que te ha tocado no te seque la ilusión, porque eso es lo más puro que poseen los pequeños, lo que de ningún modo debería serles arrebatado.

Por pedir, pediría que la empatía volviese a cada uno de nosotros, que pudiésemos poner un ojo más allá de nuestras pérdidas materiales, que nos atreviésemos a levantar la vista de los desastres que leemos y fuésemos a repararlos. Todos somos vida, gente que se ha subido junta a la misma patera, que se enamora, que llora, que pierde y gana, que baila, y que ayuda. Que ayuda. Que ayuda. Que ayuda. Que ayuda a evitar que los niños se mueran, en silencio, de hambre.

Somos humanos que, con demasiada frecuencia, nos limitamos a pensar, pero algo tan simple como el recuerdo no basta, aunque sea la antesala de la reacción. Y yo hoy, reacciono por ti. Y por todos tus (y mis) compañeros.

Extrovertida, espontánea, precavida y bastante tranquila. Estudiante de Psicología en Santiago de Compostela. De aficiones muy típicas: la lectura, el deporte, la música de Coldplay y la cocina. Bueno, también me encanta el reciclaje. Como veis, probablemente lo que peor se me da en el mundo es hablar de mí en primera persona.
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