Tiempo al tiempo

Olvidarás y no te darás cuenta.

Algún día podrás olvidarte de eso que ahora te pesa y te agota. De lo que no hablas por miedo a que se dibuje más fuerte, por pánico a tener que volver atrás y reducir a tiempo quemado los pasos que has ido dando.

Olvidarás y no te darás cuenta. Al principio, te volará su voz; parecía imposible, ¿no? Su timbre susurrando a media noche, cuando todos menos unos pocos descansan. Su melodía de cuando se sentía infinitamente alegre; la de esas canciones que inventaba mientras pintaba o cocinaba en tu casa. Se irá poco a poco y pensarás que eres tú, que tienes un mal día y no recuerdas mucho, pero, a la mañana siguiente, intentarás rescatar cómo decía aquella palabra tan ridícula, y ya no podrás. Y luego vendrán sus muletillas y, más tarde, cómo te dijo en bajito que te quería. Será silencio en cuestión de días.

Seguirás y te enfrentarás a sus ojos. Un día, mientras viajes, pensarás en cuántas manchas tenía en el derecho, y dudarás si no estarían en el izquierdo, o si no serían las de otra persona las que llamaron tu atención. Sus patas de gallo hechas surcos cuando se reía de verdad, con aquel humor ácido tan suyo, se irán tornando lisas, para acabar por acunar dos puntos inexpresivos que, antes de lo que querrás, bajarán los párpados para cobijar todo su color. Por y para siempre.

También migrarán los gestos, sus dulces firmas inconscientes. Como ese que hacía cuando se avergonzaba, alzando las cejas y mordiendo su labio inferior al mismo tiempo, o el de pestañear mucho y tragar saliva cuando iba a llorar de rabia. Un rostro que ya no te pertenece, que parecerás no haber acariciado nunca, te mirará desde un espacio infinito, desde un lugar tan desconocido, que no podrás ni preguntar cómo se llega para ir a buscarle.

Y, por último, y después de mucho lastre soltado, olvidarás aquello que le dejaste escrito, acompañando una galleta de media mañana: “Somos como un poco a medias últimamente, ¿o es cosa mía?”. Con el devenir del segundero no serás consciente de que, en un momento pretérito, creíste que era tu hogar, tu motivo; igual que tú el suyo. Y sabrás que ese es el final, porque cuando hayas olvidado que le querías tanto, ya no tendrá sentido recordarle.

Vas a olvidar, siempre y cuando quieras, y, con probabilidad, también cuando no sea lo que desees. Dicen que la distancia hace el olvido, pero no son los metros separandos los que asustan a los recuerdos, sino quienes se nos acercan. Al tiempo que huyes de unos, te aproximas a otros, y el olvido es un poco al reemplazo. Somos limitados en cuanto al amor que podemos guardar, por eso debemos hacer trueques, pagando a veces más de lo que recibimos, entregando más de lo que volverán a darnos nunca. Quizás es por eso que nos aterra el dejar ir, porque sentimos que nuestra deuda es gigante, en comparación con las pequeñas ganancias que podamos haber tenido.

Pero, también es cierto que, cuando lo viejo se vaya disipando y te atrevas a retomarte (porque nadie comienza nunca de nuevo), la existencia podrá sorprenderte gratamente, enseñándote que existen seres humanos extraordinarios esperando por ti, y por los cuales tú también esperas. Haciéndote comprender, entonces, que la vida es bella, tanto en el dolor como en el amor.

Extrovertida, espontánea, precavida y bastante tranquila. Estudiante de Psicología en Santiago de Compostela. De aficiones muy típicas: la lectura, el deporte, la música de Coldplay y la cocina. Bueno, también me encanta el reciclaje. Como veis, probablemente lo que peor se me da en el mundo es hablar de mí en primera persona.
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