Volvemos a casa por Navidad

"No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuenta cuánto has cambiado tú".

Volvemos a pasear por las calles que tantas veces nos vieron correr solos, haciendo el tonto cuando eramos niños y, que más tarde, nos escucharon hablar con nuestras amigas de chicos, del colegio, de grandes recuerdos. Volvemos a caminar por esas calles con unos zapatos y una mentalidad diferente a la de última vez que las pisamos. Ahora más que de recuerdos hablamos de futuro. Ahora no corremos, caminamos despacio preguntándonos dónde estáremos dentro de unos años, qué es lo que queremos y cómo conseguirlo. Ya no somos niños, nuestro futuro ya no es tan sencillo, ya no hay pasos que seguir, eso ya se acabó, ya no hay reglas. Ahora lo único que tenemos es nuestro instinto.

Volvemos al lugar que nos vio crecer esperando reencontrarnos con la niña de botas crudas y abrigo naranja para que nos hable de sus sueños. Y así paseamos, de cita en cita y de reencuentro en reencuentro, dialogando con nosotros mismos mientras escuchamos la música que suena en nuestro reproductor, sonriendo ironicamente recordando que hace sólo cuatro años todo era mucho más fácil. Parece que todos nuestros amigos están tan perdidos como nosotros, el futuro es ese tema tabú del que hablamos sólo con cervezas de por medio y del que más que certezas tenemos hipótesis.

Volvemos a casa, con nuestros padres y nuestras familias y nos escapamos de las preguntas comprometidas como buenamente podemos. Fingimos que no nos importa, que no damos vueltas en la cama comiendonos la cabeza, que vivimos el presente, que en el futuro ya se verá. 

Volvemos a casa por Navidad y, mientras caminamos por esas aceras y hablamos con esas personas que nos vieron crecer, nos acordamos de esa frase que dijo una vez Nelson Mandela: "No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuenta cuánto has cambiado tú". Y caes en la cuenta de que esa tú de hace unos años ya no existe, de que en esa ciudad te sientes como una extraña, de eso de que el hogar son las personas, es verdad.

Y es que, últimamente, sólo me siento en casa cuando me abrazan. Porque mi único hogar son vuestros brazos, las cervezas con mis amigas y las tonterías por segundo que soy capaz de decir cuando hay gente que me quiere al lado.

Volvemos a casa por Navidad y ya no abrimos los regalos con tanta ilusión. 
Ahora ilusionan más las manos que nos los dan, romper el papel y mirar a los ojos mientras los abrimos.

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